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Cronicas fantasmales 002: El Relato de la Llorona-Venezuela

Siéntate bien, muchacho, y apaga esa luz del celular. Aquí en el caserío, cerca del caño grande de Apure, las historias no se cuentan con pantallas. Se cuentan con el corazón encogido y la voz baja, porque La Llorona tiene oídos en todas partes. Lo que te voy a contar no es el cuento de niños que cuentan en Caracas. Esto es lo que hemos visto, oído y sufrido nosotros, los que vivimos pegados al agua desde hace generaciones.



Se dice que todo empezó en los años cincuenta, en un pueblito llanero llamado El Recuerdo, a orillas del río. La mujer se llamaba María Encarnación Romero. Era hija de un hacendado medio rico, de esas familias que tenían ganado y algo de tierra. Era hermosa, de pelo negro larguísimo que le llegaba a la cintura, piel blanca como la leche y unos ojos que parecían carbones encendidos. Pero era orgullosa y terca. Se enamoró perdidamente de un forastero: un soldado o un comerciante ambulante (las versiones varían según quién cuente). El hombre le prometió matrimonio, la preñó y desapareció una madrugada rumbo a Colombia.

Cuando el pueblo se enteró, la vergüenza cayó sobre la familia como un rayo. El padre la golpeó, la madre la maldijo y los vecinos le dieron la espalda. María Encarnación parió sola, en una choza apartada. Primero tuvo un varoncito al que llamó José Miguel. Después, un año más tarde, una niñita llamada Ana Rosa. El llanto de los niños le recordaba día y noche su pecado. Una noche de tormenta, desesperada, tomó a los dos críos y los llevó al caño. Los metió en el agua mientras ellos lloraban y pataleaban. “Callen, callen, que nadie debe oírnos”, murmuraba. Los ahogó con sus propias manos. Después intentó ahogarse ella, pero el río la escupió. Dicen que esa misma noche se colgó de un totumo, pero ni la muerte la quiso. El cielo (o el infierno) la condenó a vagar eternamente buscando a sus hijos.

Desde entonces, La Llorona camina por los caños, ríos y lagunas de los Llanos. Vestida con un traje blanco todo roto y lleno de lodo, el pelo mojado pegado a la cara y los brazos extendidos. Su llanto no es fuerte al principio. Es un gemido bajito, entrecortado: “Ay, mis niños… ¿dónde están mis niños?”. Pero cuando se acerca, se vuelve un aullido que te congela la sangre.



Sus Víctimas

No son solo cuentos. Hay gente que la ha visto y ha pagado caro.

La primera víctima que conocemos bien fue el joven Ramón “El Chino” , un muchacho de veinte años del caserío La Esperanza. Era 1978. Había salido de parranda con sus amigos. Regresaba solo, borracho, por la orilla del caño. Oyó el llanto y, en su ebriedad, pensó que era una mujer en problemas. “¿Quién anda ahí?”, gritó. El llanto se acercó. Vio una figura blanca que le tendía los brazos. Dicen que se fue con ella riendo, pensando que era una aventura. Al día siguiente lo encontraron ahogado en aguas poco profundas, con la cara morada y los ojos bien abiertos, como si hubiera visto algo que no debía. En su pecho tenía marcas de manos pequeñas, como de niños agarrándolo.

Doña Carmen, la comadrona del pueblo, nos contó la historia de su propio hermano, Pedro José, en los ochenta. Pedro era pescador. Una madrugada salió en su cayuco(embarcación artesanal. Oyó el llanto y vio a la mujer parada sobre el agua, sin hundirse. “Ayúdame a cargar a mis niños”, le suplicó ella. Pedro, que era buen cristiano, se acercó. Dicen que tomó un bulto envuelto en tela mojada. Al llegar a la orilla, abrió el bulto: solo había lodo y ramas. Esa misma semana Pedro empezó a enloquecer. Decía que oía risas de niños dentro de su cabeza y que una mujer lo llamaba por las noches. Se tiró al caño una semana después. Lo encontraron flotando boca abajo, con el pelo lleno de algas.

En los noventa hubo un caso peor: una familia entera. Los Maldonado vivían cerca del puente viejo. Una noche de Semana Santa, la hija menor, una niña de ocho años llamada Luisa, desapareció. La madre juraba que había oído un llanto de mujer llamando a la niña desde la ventana. Buscaron por todas partes. Tres días después encontraron a Luisa en un claro del monte, viva pero muda. Solo repetía: “La señora del agua me llevó con sus niños… ellos me querían jugar”. La niña nunca volvió a hablar normal. Dos años después se ahogó en una poza poco profunda. La madre, enloquecida de dolor, se fue tras ella al caño una noche. Dicen que antes de morir gritaba el nombre de La Llorona.

Don Eusebio, el viejo que te conté antes, fue testigo de la aparición más reciente, hace apenas unos años. Iba con su nieto en el cayuco. La vieron clara: alta, flaca, el pelo chorreando agua aunque no llovía. Detrás de ella, bajo la superficie, se movían dos sombras pequeñas. La Llorona miró al nieto y sonrió. Don Eusebio gritó y remó como loco para alejarse. Esa noche el muchacho tuvo fiebre alta y soñó que unos niños lo jalaban hacia el fondo. Desde entonces no sale solo de noche.

Hay quien dice que La Llorona no siempre mata. A veces solo busca compañía. Si le contestas el llanto o le ofreces ayuda, te pasa la maldición: empiezas a oír voces, ves sombras en el agua y terminas buscando algo que nunca encontrarás.

Los viejos del llano todavía ponen velas y flores en las orillas cada noviembre. No por ella, sino para calmar a los niños ahogados. Porque los niños también vagan con ella, agarrados a su vestido, y a veces se les oye reír entre el llanto.

Si alguna vez estás por estos lados y oyes ese lamento, corre. No mires. No contestes. El caño tiene memoria y La Llorona tiene hambre eterna.


El escritor de Letras

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