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Eterno en las Sombras del Tiempo. Parte I.

En las profundidades de una cueva olvidada en las montañas de los Andes, donde el viento susurra lamentos que ni los dioses han oído, yace el hombre que desafía al tiempo mismo. Su nombre, si es que alguna vez lo tuvo, se perdió en las arenas del olvido hace eones. En muchas épocas tenia por nombre El Errante, pero él se hace llamar Kairos, un eco de la antigua palabra griega para el momento oportuno. Porque en sus 50 millones de años de existencia, ha aprendido que el tiempo no es un río lineal, sino un laberinto de instantes robados y eras devoradas por el silencio.
Kairos no envejece. Su piel, tersa como la de un niño pero marcada por cicatrices invisibles —huellas de glaciaciones, erupciones volcánicas y guerras que borraron civilizaciones enteras—, brilla bajo la luz mortecina de su refugio. Sus ojos, dos pozos negros salpicados de estrellas extinguidas, han visto el nacimiento de los primeros homínidos en las sabanas africanas, cuando el sol era más joven y el aire olía a promesas salvajes. Ha caminado junto a mamuts lanudos mientras el hielo cubría continentes, y ha susurrado consejos a faraones en las riberas del Nilo, solo para ver sus pirámides convertirse en ruinas polvorientas.
¿Cómo llegó a esto? No fue un pacto con demonios ni un elixir de los dioses. Fue un accidente cósmico, un rayo de luz errante de una estrella moribunda que perforó la atmósfera terrestre hace 50 millones de años, en la era de los grandes reptiles voladores. Kairos, entonces un humilde recolector de frutos en un mundo de junglas primordiales, fue tocado por esa luz. Sus células se reconfiguraron en un instante eterno: el envejecimiento se detuvo, las heridas se cerraban como sueños deshechos, y su mente se expandió como un universo en miniatura, absorbiendo conocimientos que ningún mortal podría soportar.
Pero la inmortalidad no es un don; es una maldición envuelta en oro. Ha amado y perdido a incontables almas: la mujer de piel cobriza que compartió su fogata hace 40.000 años, solo para perecer en una inundación bíblica; el emperador romano que lo tomó por consejero, ignorando sus advertencias sobre un imperio que caería como hojas secas; la niña de la Revolución Industrial, cuya risa aún resuena en sus pesadillas, ahogada por el humo de las máquinas que él mismo ayudó a idear en un arrebato de desesperación.
Los recuerdos de Kairos son puntos de tiempo que apenas visualiza en un contexto de realidad conocida. Quizás sean simples imágenes sin sentido pero realmente son el reflejo de millones de eventos donde a interactuado con el mundo. Mas sufrimientos que alegrías.
Ahora, en el año 2047, el mundo ha cambiado de nuevo. Las ciudades flotan sobre océanos acidificados, impulsadas por IA que sueñan con la libertad que Kairos anhela. Él ha vagado por milenios, ocultándose en las sombras, recolectando fragmentos de historias ajenas para llenar el vacío de la suya propia. 
Pero algo ha despertado en él esta noche. Un pulso extraño, como un latido colectivo de la Tierra herida, lo arrastra hacia la superficie. En su mano, un artefacto antiguo —un cristal iridiscente que brilló en los ojos de un dinosaurio agonizante— comienza a vibrar. Susurra promesas de un fin, o quizás de un nuevo comienzo.
Mientras emerge de la cueva, el sol poniente tiñe el cielo de rojo sangre, y Kairos siente, por primera vez en eras, el peso de una elección. ¿Seguirá huyendo del tiempo, o enfrentará a los guardianes que han cazado su secreto a través de las edades? En la distancia, las luces de una megaciudad parpadean como ojos curiosos, y un drone zumbante se acerca, atraído por su presencia. El Errante da un paso adelante, y el mundo contiene la respiración.

El escritor de letras

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